Pacific Rim: Oda al robot gigante

Pacific_Rim-524748435-largeDe una fosa en el fondo del océano Pacífico comienzan a surgir criaturas de dimensiones colosales -llamados kaijus- con gusto por destruir un par de ciudades antes de desayunar. Ante esta amenaza, la humanidad aparca todos sus conflictos para construir unos robots de igual tamaño -Jaegers- con los que liarse a mamporros con las criaturas, aunque el plan no se desarrolla tan bien como parecía en el primer momento. Leída esta sinopsis uno puede pensar que Guillermo del Toro ha sacrificado el guión en un altar ante los dioses de las explosiones y los edificios que se derrumban, pero nada más lejos de la realidad. Hay que dejar claro que Pacific Rim no es una cinta al estilo Michael Bay o Roland Emerich en que durante dos o tres horas vemos cosas hacer ‘bum’ y edificios hacer ‘patapum’. La película no engaña y es evidente que todo conduce a un inevitable enfrentamiento entre robots y monstruos en el que por el camino se arrasa una ciudad, y queremos verlo, pero Del Toro se esfuerza por contar una historia y por plantear personajes interesantes y que no sean un mero hilo conductor para los efectos especiales y lo hace aunque eso signifique que durante la primera mitad tengamos que sacrificar la acción para exponer al público como es el universo en el que transcurre la historia.

Aunque beba mucho de ella y contenga centenares de referencias, Pacific Rim no es ni pretende ser Neon Genesis Evangelion, obra maestra que es la cúspide del género robots-gigantes-contra-bichos-más-grandes-aún. Ni tiene ni quiere tener la complejidad argumental, la profundidad de los personajes ni los planteamientos filosóficos de la serie de Gainax. Aquí se desarrolla una historia sencilla (que no simple) y naif pero funcional y plagada de conceptos y matices que le dan riqueza a la historia, todos bien justificados y explotados. Todo esto apoyado en un grupo de muy buenos personajes. Idris Elba (Luther, The Wire), como viene siendo habitual, se zampa la pantalla a la que le das la oportunidad, y Del Toro le da vía libre; Charlie Day, el memorable Charlie Kelly de It’s Always Sunny In Philadelphia, es mucho más que un contrapunto cómico, igual que Ron Perlman, y Rinko Kikuchi es un equilibrio perfecto de adorabilidad y determinación. Quizá el punto más débil de su reparto es su protagonista, Charlie Hunnam, un buen actor pero que necesita algo de tiempo para lograr que sus personajes te atrapen -véase su evolución en Hijos de la Anarquía– y aquí no tiene ese tiempo. Aunque hace un buen papel, se hace difícil imaginar que Hunnam se convierta en una estrella protagonista de blockbusters como parece que aspiraba a ser, es un actor demasiado diesel para ello. Igual que la historia, sus personajes no son pozos de profundidad, pero todos tienen sus matices, sus aspiraciones y sus traumas. Guillermo del Toro plantea una cinta indudablemente dirigida al espectáculo visual, pero no olvida ningún momento que tiene que contar una historia ni que el espectador tiene un cerebro, cosa que se agradece tremendamente.

Y una vez se ha colocado todas las piezas en su sitio, Pacific Rim se desmelena y empieza lo importante: los diálogos a hostia limpia entre los monstruos y los robots -kaijus y jaegers, conversaciones del Banc Sabadell-, y lo hace con uno de los espectáculos visuales más arrolladores de la historia del cine. No sólo por el espléndido trabajo de Industrial Light & Magic con los efectos especiales, sino que la dirección de Guillermo del Toro también se demuestra colosal. Para empezar, no importa la cantidad de caos y destrucción que se despliegue en la pantalla, el espectador siempre sabe dónde está cada personaje o monstruo, qué está haciendo y qué quiere hacer. Algo que debería darse por supuesto en las películas de acción pero que muchos directores no logran -algunos muy vitoreados como Christopher Nolan-. A esto hay que añadirle la gran virtud de Guillermo del Toro, que es capacidad de crear imágenes poderosas con un gran valor estético. Sus películas pueden ser mejores o peores, algunas pueden tener una trama simplona o directamente tonta, con todos los agujeros de guión imaginables, pero todas sus películas sin excepción contienen imágenes dignas de congelar el fotograma, enmarcarlas y colgarlas en una pared de tu casa. Hellboy y El laberinto del fauno son dos grandes ejemplos de esto y Pacific Rim no es una excepción. La secuencia de Hong Kong es tan colosal que incluso empequeñece un tanto el clímax de la propia cinta, en un escenario menos sugerente y que da menos juego, salvada por la épica del “vamos a inflar a hostias a los malos en su propia casa o morir en el intento”. Todo esto aderezado con una gran banda sonora a cargo de Ramin Djawadi, que tras la ya icónica sintonía de Juego de Tronos parece en disposición de batirse en duelo con Michael Giacchino (Perdidos, Up, Star Trek) por el título de ‘El nuevo John Williams’.

La intención de Guillermo del Toro era hacer un homenaje al género de los ‘mechas’ (a los robots gigantes, no al pelo de la Vane) y como tal Pacific Rim es toda una oda, una especie de Evangelion (muy) aligerada con un toque de Top Gun. Una historia sencilla pero épica y que no toma al espectador por tonto, buenos personajes y uno de los mayores espectáculos visuales jamás vistos ¿son ingredientes suficientes para que 131 minutos de película pasen volando? Sí.

 



Categorías:Críticas

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