Lincoln: Hacer historia

LincolnConvertido en el gran símbolo de Hollywood, Steven Spielberg busca de vez en cuando rodar un tipo de cintas con las que romper su imagen de Rey Midas del cine comercial, siendo La lista de Schindler el gran paradigma de esta búsqueda. Lincoln entra dentro de esta categoría, no sólo eso, sino que se coloca en la parte más alta de la lista. Estamos ante una película solemne como una homilía y con una fuerte intención histórica, no sólo la de servir de crónica de uno de los instantes más importantes para el avance de la humanidad, sino también la de ser mencionada en todos y cada uno de los libros de cine que se escriban a partir de hoy.

A pesar de lo que pueda parecer por el título, no estamos ante una biografía de Abraham Lincoln, sino que es un relato de como, durante los últimos días de la Guerra Civil Americana, luchó con todos los medios a su alcance para que el congreso aprobase la Decimotercera Enmienda a la Constitución que abolía definitivamente la esclavitud en Estados Unidos. Lincoln es en realidad un drama político que desgrana los movimientos que tuvo que hacer el Presidente para evitar que la Cámara de Representantes tumbase su ambiciosa propuesta, que tenía en contra muchos miembros de su propio partido.

No estamos ante una oda naif prohibición de la lacra de la esclavitud, también indaga en los trapos más sucios de aquel proceso. El propio Lincoln explica en una escena sus dudas sobre si se extralimitó al aprobar la Proclamación de Emancipación gracias a los poco definidos poderes especiales que le daba la Constitución en periodo de guerra. Más oscuros son otros métodos relatados en el film, como el pequeño equipo que se dedica a acosar, chantajear u ofrecer puestos en la administración a congresistas demócratas a cambio de que votasen a favor de la enmienda. Es cierto que este aspecto no es mostrado en pantalla de manera demasiado turbia, pero sí es explícito y por si no queda claro al espectador, cerca del final uno de los personajes más favorables a la abolición de la esclavitud declara con franqueza que es algo que se logró gracias a la corrupción.

El relato que propone Spielberg es de una enorme complejidad y avanza con gran majestuosidad, esto es sin mucha prisa. La gran cantidad de personajes y de procesos jurídicos que aparecen puede apabullar a quienes no estén algo familiarizados con la época, sin embargo el director es suficientemente hábil para hacer que la cinta sea accesible también a ellos, aunque la película pueda hacerse algo densa en algunos tramos.

Pero el título es Lincoln y no La aprobación de la Decimotercera Enmienda. Spielberg realiza también un gran retrato del protagonista pivotando al rededor de su gran obra. Huyendo de retratar un mito impoluto, se muestra un personaje humano y con una compleja relación con su mujer (Sally Field) y su hijo (Joseph Gordon-Levitt), aún afectado por la muerte de otro hijo. Aquí entra en juego un gigantesco y fascinante Daniel Day-Lewis, uno de los mejores actores de los últimos 30 años, que deja caer una auténtica exhibición de lenguaje corporal y facial.

Todo el reparto está a un nivel que puede ser definido por un amplio espectro de adjetivos que van desde ‘soberbio’ a ‘radiante’, pasando por alguna expresión más coloquial como podría ser ‘de cagarse’. Por pequeño que sea su cuota de pantalla, todos son merecedores de un aplauso. Los ya mencionados Joseph Gordon-Levitt y Sally Field, Jared Harris (Mad Men, Sherlock Holmes: Juego de Sombras) como el General Ulysses S. Grant, Jackie Earle Haley (Watchmen) interpretando vicepresidente confederado Alexander Stephens, un hilarante James Spader (The Office) dando vida al chantajista William Bilbo… todos ellos son merecedores de una pequeña porción de gloria. Y una gran porción de esta gloria debería ir para Tommy Lee Jones (No es país para viejos), quien mezcla con maestría gran bondad y mal carácter en su personaje.

Spielberg aborda la historia con sobriedad, una fotografía dominada por las sombras en muchos tramos, y alejándose de todo aquello que pueda desviar la atención de la lucha de Lincoln. La guerra apenas se nos muestra en la primera secuencia, y el asesinato del protagonista se narra con elegancia y fuera de pantalla, si bien es cierto que lleva a un final un poco pasteludo y previsible. Quizá hubiera sido mejor seguir el ejemplo de Sofia Coppola en Maria Antonieta y acabar el relato antes del magnicidio, ya que en realidad esas últimas escenas son poco más que un epílogo.

El señor Steven Spielberg es una de las cinco criaturas com mayor talento de todos los tiempos para contar historias con una cámara -siendo generoso con las otras cuatro al equipararlas-. Esto no quiere decir que sea el mejor director de la historia, intelectualmente peca de ser algo infantil y tiene una cierta propensión a la ñoñería, pero no cabe duda de que es uno de los grandes, de los muy grandes. Seguramente Lincoln no sea una obra maestra, pero es un gran intento que se queda cerca. Tal vez si Spielberg hubiera ampliado un poco el punto de vista y hubiera ayudado a comprender la forma de pensar de aquellos en contra de la abolición de la esclavitud -como producto de una época, jamás compartiendo su postura- estaríamos ante una de las grandes obras del cine. Pero como lección de historia Lincoln es impoluta, y cuando una clase de historia de casi tres horas no se hace larga es que el maestro es excepcional.



Categorías:Críticas

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