Django desencadenado: La odisea del esclavo

Django_desencadenado-290414411-largeEra cuestión de tiempo que Quentin Tarantino hiciera su internada en el género del spaghetti western. El enfant terrible de Hollywood siempre ha confesado su admiración por esta deformación del gran género americano, ya Kill Bill tenía muchísimo de spaghetti western en su enorme batidora de referentes, y también en Malditos bastardos se pueden apreciar innumerables influencias, entre ellas la música del mítico Ennio Morricone.

Como ya ocurría con su particular versión de la Segunda Guerra Mundial, el homenaje de Tarantino a las películas que le fascinaron comienza desde el título [El título original de Malditos bastardos, Inglorious Basterds, hace referencia a la cinta de Enzo G. Castellari Aquel maldito tren blindado, que fue traducida al inglés como The Inglorious Bastards]: el director explica que la idea de la película le vino mientras escribía sobre Sergio Corbucci, autor de la mítica Django. Es curioso que lo primero que hace Tarantino con su western es deslocalizarlo: no ocurre en el salvaje oeste -salvo el primer acto- sino que se sitúa en el sur esclavista. Poco antes del estallido de la Guerra Civil Americana, Django (Jamie Foxx) es un esclavo que es liberado por el cazarrecompensas King Schultz (Christoph Waltz) para que le ayude a encontrar a unos de sus antiguos propietarios cuyas cabezas tienen un interesante precio. A cambio, King le ofrece ayuda para liberar a su mujer, Broomhilda (Kerry Washington), de la plantación propiedad del sádico Calvin Candie.

Con este argumento Tarantino hace recorrer a Django un viaje del héroe de manual. Se trata de una estructura narrativa muy recurrente en la que encajan cientos de historias, películas o libros, como La guerra de las galaxias, El señor de los anillos, Matrix o Los intocables de Eliot Ness que marca una serie de pasos que debe seguir un personaje para convertirse en un héroe (llamada a la aventura, el mentor, el descenso a los infiernos, etc). En su intento de rescatar a su amada, Django pasa punto por punto por este recorrido, pasando de ser un pobre esclavo a erigirse como el azote de los negreros.

Por eso es llamativo que durante buena parte de la película parezca que a Tarantino le interese más el personaje de Christoph Waltz que el propio Django. Es cierto que Jamie Foxx hace un buen papel, pero el actor austriaco sencillamente se merienda la pantalla a dentelladas cada vez que se asoma. Waltz ya ganó el Oscar a mejor actor secundario por su papel en Malditos bastardos y no sería una sorpresa que su segunda colaboración con Tarantino le valiera otra estatuilla. Aunque eclipse a los demás, el vienés no está solo. Leonardo DiCaprio y Samuel L. Jackson también cuajan unas actuaciones notables, especialmente el último como uno de los afroamericanos más negreros que ha dado el cine. Don Johnson, protagonista de la mítica Corrupción en Miami, cumple la cuota de actores míticos rescatados por Tarantino de la cinta.

En una línea coherente con su carrera –Jackie Brown a parte, esa es su rara avis- el de Knoxville nos ofrece todo lo que nos suele ofrecer en sus cintas: personajes pintorescos, diálogos hilarantes, una poderosa banda sonora, y una buena litrona de sangre acompañada de varios kilos de carne picada. En este caso el guión está mejor cerrado que en Malditos bastardos, al que le hubieran hecho falta alguna reescritura para subsanar algunos fallos producto de las prisas. Raro en el director, tenemos una estructura lineal y centrada en un único personaje, sin saltos temporales del presente al futuro, aunque sí se podría encontrar una cierta estructura episódica, pero tan poco marcada que Tarantino no se molesta en dividirla con intertítulos cómo ha hecho habitualmente en su carrera. Es cierto que la película tiene mucho metraje que, estrictamente hablando, podía haber sido cortado ya que no aporta nada a la historia. Sin embargo toda la cinta rezuma tanta brillantez que no importa ¿Que la película dura dos horas y tres cuartos? Me da igual, a mi que me traigan otra ración. Valga como ejemplo la sensacional escena de la discusión sobre las capuchas entre los miembros de una protoversión del Ku Klux Klan: realmente no aporta nada significativo a la película, pero es de las escenas que más se recordarán de la incursión tarantinesca en el western.

Tarantino es cine puro. Es cierto que lo que ha elevado a arte el contar historias en una pantalla son las reflexiones sobre la condición humana de John Ford, Sam Peckimpah o Clint Eastwood -por poner ejemplos sin salir del western- y eso ha llevado en muchas ocasiones a infravalorar aquellas películas que buscan el entretenimiento del espectador. Conviene recordar que el cine nació como atracción en una barraca de feria, y Tarantino es en si mismo un gigantesco homenaje a este cine. Un tipo que desparrama talento y con una capacidad excepcional para convertir algo que todos hemos visto ya en una experiencia nueva que sorprende a cada fotograma.



Categorías:Críticas

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