La noche más oscura: La cacería más grande jamás contada

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Si se hiciera una encuesta preguntando a la gente qué suceso ha marcado el inicio del Siglo XXI, no cabe duda de que los atentados del 11 de septiembre de 2001 ganaría con el 99,99% de los votos. No es para menos: 2.996 muertos en un ataque frontal a la entonces intocable nación más poderosa del mundo. El mundo vio en directo cómo caían varios de los símbolos del poder americano y sólo lo que quiera que pasase a bordo del United 93 evitó algo aún mayor. Evidentemente, el impacto de estos hechos en la industria audiovisual fue inmediata: no hay más que ver el cambio de registro de la serie 24. En su primera temporada, rodada antes de los atentados, se centra en una venganza personal del villano hacia Jack Bauer enmascarada como un atentado. A partir de la segunda temporada la serie se centra casi exclusivamente en una especie de nueva mitología nacida en la mente colectiva: la caza del terrorista.

Osama Bin Laden se había convertido en el hombre del saco. Tras su éxito con En tierra hostil, Kathryn Bigelow decidió seguir esa línea para retratar la imposible búsqueda del terrorista saudí. La directora y su guionista Mark Boal (que ya escribió el libreto de En tierra hostil) estaban ya en plena faena cuando 1 de mayo de 2011 Barak Obama anunció en rueda de prensa que un operativo del ejército había encontrado y matado al Gran Enemigo. Esto fue un gran regalo para la pareja, ya que lo que se podría haber convertido en una película sin un final claro ahora se convertía en una flecha dirigida directamente a aquel complejo de Abbottabad.

La noche más oscura es un relato que evoluciona directamente de En tierra hostil. Es un análisis frío y distante de la metodología que se siguió en la caza humana. Bigelow mantiene varios metros entre ella y lo que sucede en pantalla y apenas concede un par de escenas en toda la película en la que el espectador pueda establecer un enlace emocional con el personaje protagonista. Esta manera de abordar los hechos da a la cinta un aire a documental, como si fuera una autopsia de los hechos como ya hizo Paul Greengrass en la espléndida United 93, pero a su vez hace que los actores, especialmente la protagonista Jessica Chastain, no brillen como habrían podido hacerlo. Maya, personaje inspirado en una agente real cuya identidad no se puede desvelar por motivos evidentes, es una persona obcecada por encontrar a Bin Laden, reflejo de la obsesión que ha dominado al poder americano en la última década y seguramente a buena parte de la sociedad. No tiene amigos, no tiene familia, sólo tiene un objetivo al que encontrar. Esto se hace patente en la escena en la que se encuentra con el director de la CIA, Leon Panetta encarnado por el siempre genial James Gandolfini. “¿Qué has hecho por nosotros en estos diez años a parte de buscar a Bin Laden?” le pregunta él, a lo que Maya contesta con un seco “nada”. Y lo malo de las obsesiones es que una vez has conseguido el objetivo ¿luego qué?

La cinta ha levantado una cierta polémica porque presuntamente perpetúa la idea de que la tortura funciona. Es verdad que la película muestra varias escenas de tortura y sólo en la primera de ellas alguien, en este caso Maya, da muestras de no estar de acuerdo con estas prácticas de interrogatorio. Pero tan triste como real es que la primera pista sobre Abu Ahmed, el correo que llevó a encontrar a Bin Laden, surgió de estas prácticas. En este sentido, la frialdad de Bigelow puede confundirse con que aprueba lo que está mostrando, cuando lo más probable es que simplemente quiera mostrar lo sucedido de la manera más fiel posible. Es cierto que hay casos de personas que han resistido torturas terribles, pero, como en el caso que narra el film, otras veces es efectiva. A quienes utilizan este argumento para atizar a la película habría que explicarles que la tortura no está mal porque no funcione -que muchas veces funciona-, sino que está mal por que pone a quienes la usan a la misma altura que a los asesinos que quieren atrapar. Sobre la actitud de los personajes con respecto a las torturas, Nietzsche decía que el que lucha con monstruos debe tener cuidado de no convertirse él mismo en monstruo. Maya comienza la película incómoda con las torturas para acabar abrazándolas. Bigelow es tan distante en la narración que concede espacio para interpretar que al final la cazadora y el cazado tienen más en común de lo que creen, aunque posiblemente no sea la intención de la directora.

Si algo se le puede criticar a Bigelow es que en su meticulosa reconstrucción omite algunas importantes meteduras de pata americanas en la búsqueda de Bin Laden. Por ejemplo, en toda la película no se menciona ni una sola vez los sucesos de Tora Bora, cuando a finales de 2001 el ejército americano acorraló al terrorista en una región montañosa cercana a la frontera pakistaní pero fue incapaz de capturarle, permitiendo su huída a Pakistán. Tampoco se hace ni media referencia a los muchos afganos que fueron sometidos a tortura al ser confundidos con miembros de Al Qaeda, como narra el fantástico documental Taxi al lado oscuro que ganó el Oscar en 2007. Estas omisiones tal vez sean fruto de un error, tal vez sean el precio que Bigelow tuvo que pagar a cambio de tener acceso a información reservada para hacer la película.

Con todo, no cabe duda de que La noche más oscura es una gran película, con la frialdad analítica de En tierra hostil pero con una narración mucho más tensa y absorbente y que a pesar de sus dos horas y media de duración no se hace larga ni pesada. Bigelow y Boal huyen de la épica y se centra en el relato de como una persona consiguió obsesionar durante diez años a la mayor potencia del mundo. Y claro, si obsesionas al ejército más poderoso del mundo lo más normal es que acabes muerto.



Categorías:Críticas

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2 respuestas

  1. me gustan tus criticas..te lo he dicho ya?

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