The Master: Un castillo construido con gente rota

The_Master-521616486-largeLa historia americana recuerda los años cincuenta como una década casi prodigiosa. Unos años en los que se dejaron atrás la crisis de los años treinta y la Segunda Guerra Mundial que consumió los cuarenta. Estados Unidos se erigió como líder del mundo libre frente al enemigo comunista y se cimentó la superpotencia que dominaría el mundo a finales del Siglo XX y principios del XXI. Lo que olvida esta historia, o trata de olvidar, o busca decorar, es el precio que se tuvo que pagar para llegar a este punto. No sólo la gente que murió en las distintas guerras, sino la gente que sobrevivió pero fue incapaz de superar sus traumas y que tuvo que vagabundear en los márgenes de la sociedad.

Para Freddie Quell (Joaquin Phoenix) sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial no significó necesariamente volver vivo. Incapaz de reprimir su ira interna y con formas casi simiescas, su reintegración en la sociedad es imposible. Sin trabajo y con la única habilidad de destilar un licor casero que puede matar, acaba topando con Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman), un megalómano con unas ideas un tanto peregrinas sobre el origen de la tierra y sobre como curar ciertas enfermedades. Dodd no duda ni un instante al ver que tiene ante si la que puede ser su obra maestra: un Quell arreglado, aunque sea a su manera.

Joaquin Phoenix ya demostró su capacidad para interpretar a gente desquiciada cuando apareció en Late Night with David Letterman simulando haber perdido la cabeza como parte del falso documental I’m Still Here. En The Master da un paso más a la hora de dibujar la rotura de un ser humano. Su lenguaje corporal es absolutamente magistral: los hombros desequilibrados, la mirada llena de violencia y un caminar gorilesco dejan claro que estamos ante una criatura con heridas muy profundas sin necesidad de ni una línea de diálogo, convirtiéndole en el candidato número uno a llevarse a casa la estatuilla del tío Oscar este año. Frente a él, Philip Seymour Hoffman demuestra que es uno de los los mejor actores secundarios que ha dado la historia (¿el mejor?). Decir que el neoyorkino está sublime no es demasiado necesario. Desprende todo el carisma necesario para encarnar un líder infalible, y sabe hacer tambalear al personaje en el momento adecuado para mostrar que Dodd es un embaucador y no un iluminado que se cree sus propios delirios. Todo esto con la elegancia y la sutileza necesaria para no robarle el foco a Phoenix, el auténtico protagonista de la historia y de la tesis del film. Entre estos dos monstruos, Amy Adams queda un tanto eclipsada, a pesar de que trabaja a su gran nivel habitual.

Mucho se ha hablado de que The Master es una visión crítica de los inicios de la Cienciología (aquí llamada La Causa para evitar demandas) y se ha dicho que a Tom Cruise le saltaron todos los tornillos del cuerpo en la escena en la que uno de los personajes dice que El Líder se inventa sobre la marcha todo lo que dice. Sin embargo, Anderson va mucho más allá que la simple denuncia de una secta y utiliza este relato sobre sus orígenes para explorar la sociedad que sirvió de caldo primigenio para la aparición de estos movimientos. En cierta manera, The Master es una continuación temática de Pozos de Ambición. En su anterior cinta Paul Thomas Anderson mostraba el lado oscuro de aquellos pioneros que moldearon los Estados Unidos del siglo XX. Ahora explora los restos que quedaron a los lados del camino que tuvo que seguir ese país para convertirse en una superpotencia mundial. Es cierto que retrata y critica de manera explícita a la Cienciología, pero es únicamente una excusa para un fin mayor.

La atmósfera que Anderson imprime al film es tremendamente asfixiante, haciendo gala de todo su poderío visual y apoyándose en un la perturbadora e hipnótica banda sonora de  Jonny Greenwood, miembro de Radiohead. Además la extraña estructura del guión, escrito por el propio Anderson, descoloca al espectador que no sabe en qué punto de la narración se encuentra. Todo esto convierte a The Master en una obra tan poderosa como densa, compleja y a la vez tan magnético como la personalidad del Líder de La Causa y que genera la sensación de extravío que siente el personaje de Joaquim Phoenix.

Quince años después de ponerse en el centro del mundo cinematográfico con Boogie Nights, Paul Thomas Anderson sigue sorprendiendo película tras película. Sin lugar a dudas es uno de los directores americanos con más personalidad del momento, con capacidad para diseccionar con acierto y sin histrionismo los elementos más oscuros de la sociedad de su país. Todas sus películas tienen elementos coherentes que reconstruyen la visión del mundo de su autor y a la vez siempre muestra algo nuevo, incluso en obras aparentemente menores como Embiagado de amor consigue demostrar que es un tipo con un talento descomunal y construye cinta a cinta una filmografía que con toda seguridad será una de las más interesantes y personales de su generación.



Categorías:Críticas

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