Los Mercenarios 2: El museo donde las cosas explotan

El reparto de la película lo dice todo: Sylvestre Stallone, Arnold Schwarzenegger, Jean-Claude Van Damme, Chuck Norris, Bruce Willis, Dolph Lundgren… nadie en la historia del cine ha matado a más gente, nadie ha hecho volar más cosas, nadie ha dejado más casquillos de bala a su paso, una senda de destrucción. Ellos han sido los más grandes héroes de acción… ¡qué coño! ¡ellos son La Acción!

A pesar del éxito en taquilla, la primera entrega de Los Mercenarios dejó un cierto punto de decepción. La maquinaria promocional presentó la película como un homenaje al cine de acción de los ochenta, una reunión del Dream Team de las ensaladas de tiros con las que creció una generación, sin embargo de la ristra de nombres míticos del cartel sólo Stallone tenía verdadero peso en la trama. Schwarzenegger y Bruce Willis apenas aparecían en una escena como cameo, Dolph Lundgren desaparecía a media película y tenía ausencias sonadas como Van Damme, Chuck Norris o Steven Seagal. Además las escenas de acción estaban rodadas de manera bastante irregular. Para regocijo de la audiencia, hay que decir que buena parte de estas lagunas se solucionan en la secuela, que da la sensación de que es la película que la primera quería ser. Esta vez Willis y Schwarzenegger aparecen en todo su esplendor, pegando tiros a tocho y mocho, el personaje de Dolph Lundgren crece (a su manera, claro, pegando tiros, no vamos a pedirle al sueco un monólogo de Hamlet), y se unen al reparto Van Damme y Chuck Norris, dos de los Globetrotters que faltaron a la primera fiesta. Además, la dirección de Simon West (Con-Air, Tomb Raider) equilibra la narración que avanza con fluidez entre tiroteo y explosión, explosión y tiroteo.

En ningún momento la película se toma en serio en si misma, cosa que sí ocurría en la primera, lo cual facilita que el espectador participe de la reunión de la vieja cuadrilla. Ellos son plenamente conscientes de que su tiempo ha pasado y se dedican a reírse de si mismos y a hacer guiños a los personajes que les llevaron a la fama. A tomar por culo los personajes, ellos son iconos de la cultura popular, y con eso basta para que la película se aguante y el espectador la disfrute como un enano. Un diálogo cercano al final del film resume su espíritu: refiriéndose a una antigualla de avión, Stallone comenta “debería estar en un museo”, a lo que Schwarzenegger contesta “como nosotros”. Se ríen, y todo explota.



Categorías:Críticas

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