Prometheus: Alien sin alien

De todos los universos de ciencia ficción que ha creado el cine, el de Alien es uno de los más visitados, pero curiosamente a la vez es uno de los menos explorados. Secuela tras secuela, siempre ha girado en torno a una o varias de estas criaturas exterminando un grupo de humanos. Sabemos que hay múltiples planetas habitados, sabemos que hay grandes corporaciones con más bien malas intenciones, incluso sabemos que hay otras especies pululando de planeta en planeta, pero poco o nada se nos muestra de ellas más allá de pinceladas para dar color a la lucha por la supervivencia de la teniente Ripley. Hasta el punto que nada se explica de la nave alienígena en la que encuentran los huevos de la criatura, detonante de la saga. Más de 30 años después de dirigir la primera entrega, Ridley Scott se dio cuenta del potencial de explorar este nuevo terreno y se lanzó a la valiente tarea de rodar una película de Alien sin el alien, y explora el origen del ‘space jockey’ el extraterrestre fosilizado con el pecho reventado que la tripulación del Nostromo encuentra poco antes de empezar su propia pesadilla.

En el año 2093 (29 años antes de los sucesos de Alien) una Elizabeth Shaw (Noomi Rapace) y Charlie Holloway (Logan Marshall-Green), una pareja de arqueólogos, descubren en distintas civilizaciones imágenes similares con una misteriosa figura apuntando a unas estrellas colocadas en una misma disposición. Ni cortos ni perezosos, los dos científicos se unen a Weyland Industries (la misma corporación que trae por la calle de la amargura a Ripley en la saga original) en una misión al único planeta que encaja con la descripción. Ellos esperan encontrar a los ‘ingenieros’ una raza extraterrestre que supuestamente creó a los humanos. Pero como era de esperar al llegar a LV-223 no se encuentran con una calurosa bienvenida con globos y ganchitos.

La primera mitad del film es bastante prometedor. Nos presenta al personaje de David, interpretado con grandeza por Michael Fassbender ( Shame, X-Men: Primera generación), un robot con aspiración de humano, al que le duele que le traten de máquina, en la línea de HAL 9000 –la secuencia en la que David se encarga del mantenimiento de la nave mientras los humanos están en sueño criogénico incluso recuerda formalmente a 2001: Odisea en el espacio y lanza un guiño a Lawrence de Arabia-. Una vez llegados al planeta, la investigación cobra protagonismo y Ridley Scott y Damon Lindelof (guionista de la cinta, conocido por ser uno de los máximos responsables de Perdidos) tejen el suspense con gran habilidad. La trama engancha mientras el personaje de David fascina por su ambigüedad y por el carisma que supura Fassbender. Todo envuelto en unos escenarios angustiosos tomados directamente de los que realizó el genio suizo H.R. Ginger para Alien, y con una asombrosa escena que evoca directamente a John Hurt agonizando en el comedor del Nostromo mientras una criatura sin ojos ‘nace’ de su pecho.

Los problemas de Prometheus se acumulan en el último tercio del film, cuando queda claro al espectador que no va a recibir más respuestas a lo que está ocurriendo. El guión se pierde en una serie de giros absurdos propios de Lindelof cuando no sabe cómo resolver una trama y se dedica a marear la perdiz para acabar emplazando al espectador a una segunda parte para acabar de atar cabos. Entonces es cuando acaba el suspense, empieza la carrera por la supervivencia y la película hace aguas por todas partes. La principal razón del hundimiento es que, David como excepción, la película fracasa estrepitosamente al crear personajes interesantes. Ni Noomi Rapace (Protagonista de la versión sueca de Millennium), ni Idris Elba (The Wire, Thor), ni Charlize Theron (Monster, The Italian Job) consiguen que sus personajes interesen al espectador, con la grave consecuencia de que entonces le importa un pimiento que sobrevivan o no, desplumando todo el dramatismo de la lucha por la supervivencia que centra el último tercio de la película. Ésto lleva al espectador a salir del cine con un regusto amargo.

Sin embargo, a pesar de todos sus fallos, no se puede decir que Prometheus sea una cinta convencional. Scott es valiente al abordar el universo Alien sin plantearse el contentar las expectativas de los fans. Ni se plantea el hacer un refrito de su propio trabajo, sino que se aborda la precuela de una manera totalmente tangencial, hasta el punto que la película podría haber sido un universo totalmente distinto sin prácticamente cambios en la trama. Al más puro estilo Nolan, el director de Blade Runner y Thelma y Louise reboza su ‘blockbuster’ de una temática de carácter más filosófica, pero pasando de puntillas por ella y tratándolo con naturalidad y sin grandes estridencias. Scott tira del potente “¿de dónde somos? ¿de dónde venimos?” como motor te la historia, sin embargo éste no es el centro temático de Prometheus que se centra más en la dualidad religión-ciencia y, sobre todo, en una nada evidente y nada disimulada alegoría del mito de Prometeo. El primer tema lo cimenta sobre el personaje de Rapace, una persona creyente pero con la visión del mundo de una científica. Pero el personaje de la doctora Shaw no acaba de despegar en toda la cinta y acaba por pasar de puntillas sobre ello. Donde sí insiste el director inglés, como ya hizo en su obra maestra Blade Runner, es en el mito de Prometeo, en explorar la relación que se genera entre el creador y el creado. Y lo hace de manera doble, entre los ingenieros y los humanos y los humanos y el robot David. En ambos casos el creador trata al creado con una soberbia violenta, y el creado responde con una rebeldía que llega incluso a la sangre. Una visión coherente con lo que Scott contó en 1982 en su adaptación de la historia de Philip K. Dick.

El conjunto de todo esto hace de Prometheus una correcta cinta de ciencia ficción, pero que se ve lastrada en el último momento por su fracaso a la hora de crear personajes interesantes que convierten su último tercio en fallido. Tampoco hace ningún favor a la cinta las sobredimensionadas expectativas generadas a su alrededor, y más cuando Ridley Scott es un director que lleva tiempo en una clarísima decadencia. Confirmada ya la secuela, habrá que esperar por lo menos hasta 2014 para ver cómo atan los cabos sueltos los responsables de la saga.



Categorías:Críticas

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