Moonrise Kingdom: El primer amor, según Wes Anderson

Puede haber pocas cosas más satisfactorias para un director de cine que el que alguien reconozca una película como suya con ver sólo unos pocos fotogramas. De todos los cineastas actuales, Wes Anderson es posiblemente el que tiene un estilo más marcado, tanto audiovisual como a la hora de tratar las historias y los personajes. Ritmo rapidísimo, barridos de 360º, tono tragicómico y personajes de psique politraumatizada son algunos de los elementos que se repiten sistemáticamente en el imaginario del director texano. Pero lo más característico de es la voluntad pictórica de sus planos. Casi cada uno de sus encuadres podría estar colgado en la pared de un museo. Colores alegres, pastelosos y vintage que parecen sacados de Instagram contrastan con relaciones y personajes totalmente disfuncionales. Moonrise Kingdom es una película bella. Entra por los ojos y también por los oídos gracias a una excepcional banda sonora -Anderson es tal vez, junto a Tarantino, el director más hábil a la hora de mezclar imágenes y música-. El tono agridulce y surrealista de la narración, la gama de colores usada en la cinta y la música le dan a la historia un tono de cuento que hipnotiza al espectador desde el primer plano y que no lo suelta hasta los créditos.

La trama es más bien sencilla y sólo sirve de trampolín para realizar un retrato psicológico de los dos niños que protagonizan la cinta. Sam es un boy scout huérfano e impopular que tras un año carteándose con Suzy -una chica con graves problemas a la hora de controlar su ira- deciden fugarse juntos. Inmediatamente se organiza una singular partida de búsqueda en la que participan desde los padres de Suzy hasta un grupo de boy scouts convertidos en un homenaje a los Malditos Bastardos de Tarantino. A pesar de la espectacularidad del reparto compuesto por grandes nombres como Bill Murray, Edward Norton, Frances McDormand, Bruce Willis, Tilda Swinton o Jason Schwartzman, todos son eclipsados por la pareja protagonista, Kara Hayward y Jared Gilman. Ambos asumen totalmente el peso de la narración, convirtiendo al resto del reparto en simples herramientas que sirven para explicar la forma de ser de sus personajes. Son desde ya dos nombres a seguir, especialmente ella, que interpreta extraordinariamente a una preadolescente convertida en toda una montaña rusa emocional. La química entre ellos es absoluta y el aura de inocencia y melancolía que desprenden marca como un diapasón el  de la película.

En parte gracias al gran trabajo de los actores, y también al ritmo imparable con el que se narra, la trama no pierde interés a pesar de su relativa simplicidad, como sí ocurría en Life Acuatic, aunque en ningún momento alcanza la calidad y la electricidad de The Royal Tenenbaums. Pero el estilo de Wes Anderson no da signos de desgaste a pesar de que lleva más de quince años explotando unos recursos tan particulares como los suyos. Claro que esta gran virtud también se convierte en su gran debilidad. Primero porque, a pesar de su capacidad hipnótica, ya no sorprende tanto como antes; y segundo porque, evidentemente, a quien no le gustara sus anteriores películas difícilmente le podrá gustar Moonrise Kingdom. Pero ni sus más acérrimos detractores podrán negar la singularidad de su forma de retratar el mundo. Y eso ya es una victoria para Anderson.



Categorías:Críticas

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