Buried: La lucecita al final del túnel

En su anterior película, Concursante, Rodrigo Cortés ya demostró que era un director con voluntad de hacer un cine español alejado de lo que suele ser el cine español. Un montaje totalmente distinto a lo habitual en este santo país, casi scorsesiano, con una atmósfera opresiva, paranoica, kafkiana. Su mal funcionamiento en taquilla hacía pensar que Cortés engrosaría la gigantesca lista de directores que caían en el olvido tras rodar su primer film. Por fortuna para el cine español no ha sido así y dos años después ha sorprendido al cine español con Buried.

Por arriesgada que pueda parecer la premisa, un tipo encerrado en un ataúd y enterrado vivo, ésta no lo es tanto. Tarantino ya demostró en Kill Bill y más tarde en el capítulo de CSI que dirigió –Peligro Sepulcral– que la situación puede dar mucho juego. Tampoco es cierto afirmar que toda la acción de la película transcurre en el interior de la caja, ya que en el exterior ocurren muchos sucesos aunque no los veamos y se nos expliquen a través del teléfono con el que es enterrado el protagonista. La originalidad de Buried radica en que el punto de vista está localizado únicamente en el pobre inhumado, algo con lo que nadie, ni siquiera el admiradísimo Tarantino, se había atrevido. Y triunfa por todo lo alto.

Buried es en realidad un thriller bastante clásico que funciona como una contrarreloj, algo que siempre funciona bien para mantener la tensión. Al protagonista se le acaba la batería del móvil, se le acaba el plazo que le dan sus captores para conseguir el rescate y, lo que es peor, se le acaba el oxígeno. Cortés crea una atmósfera asfixiante  jugando con a la escasailuminación -del mechero, de una linterna casi sin pilas y la fría luz del móvil- y con a una fabulosamente bien editada banda de sonido en la que la respiración entrecortada del protagonista y los continuos roces con la madera se vuelven casi insoportables. Remata la faena un soberbio Ryan Reynolds, excepcional en su reducidísimo escenario. Además, Cortés no se olvida de su faceta kafkiana de Concursante y de su corto 15 días: Las respuestas que recibe de los ‘burrocratas’ a los que pide ayuda, que incluso le llegan a pedirle su número de seguridad social, romperían los límites del absurdo si no resultaran tan atrozmente familiares, creando una sensación de desamparo todavía más opresiva.

Algo está cambiando en el cine español. Alex de la Iglesia abrió la brecha, que con los años agrandó Jaume Balagueró y ahora aprovechan gente como Nacho Vigalondo o el propio Rodrigo Cortés. Gente que no quiere hacer películas lloriqueantes sobre la Guerra Civil, ni la historia de un tipo que vuelve al pueblo de su infancia y se reencuentra con su primer amor, ni el joven rural que llega por primera vez a la ciudad. Gente interesada en productos diferentes, que se pueden exportar sin que se te caiga la cara de vergüenza. Ideas nuevas, gente que entiende que el cine, además de expresar una idea del autor o autores, tiene que tener un público lo más amplio posible al que le interese. Gente que entiende que el cine, además de arte, también es una industria. Algo está cambiando en el cine español, y el cambio me gusta.



Categorías:Críticas

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