Toy Story 3: Juguetes crepusculares

En un momento en que el cine americano e aferra a la producción a destajo de secuelas, secuelas y más secuelas ver un 3 al final de un título no suele ser un buen preludio. Y sólo un estudio podía convertir una tercera parte en una de las mejores películas del año. Sólo podían ser esos locos de Pixar. Si bien Toy Story 3 es un pequeño paso a tras después de la extraordinaria Up y la sorprendente Wall-E, estamos ante un cierre espectacular para la saga que lanzó a Pixar a la fama y cambió para siempre el cine de animación.

Como viene siendo habitual en las últimas producciones de el la productora californiana, Toy Story 3 aborda complejos temas adultos desde un punto de vista que puede ser perfectamente comprendido por niños de cualquier edad. Woody, Buzz, Rex, Mr Potato y el resto del grupo llevan años en un baúl. Andy ha crecido y está a punto de irse a la universidad, muchos de los juguetes del grupo han sido vendidos o han acabado en la basura… y ellos, por accidente, son donados a una guardería donde deben sobrevivir a la vitalidad de los niños más pequeños. Una metáfora de la vejez y del abandono. Pero Woody y Buzz no son amigos de rendirse fácilmente y a pesar de todo se lanzan a una última aventura para volver a casa, una casa en la que ya no hay lugar para ellos pero que no por ello deja de ser su casa. Como Pike, Dutch y el resto del Grupo Salvaje de Sam Peckimpah no tienen a donde ir y deciden acabar como vivieron. Con la basura, la muerte del juguete, muy presente en toda la película –la bolsa en la que acaban Buzz y los demás al principio de la película, el container a través del que deben escapar de la guardería y el vertedero en el que transcurre el clímax del film-, los juguetes se ven envueltos en una Gran Evasión para huir de la guardería que dirige de manera tiránica el cruel Lotso, el osito abracitos.

El director Lee Unkrich demuestra una capacidad extraordinaria para sacar todo el jugo posible a las situaciones que se van presentando a lo largo de la cinta. Cada vez que parece que una secuencia no da más de si le da una vuelta de tuerca, pero con la suficiente inteligencia para que nunca parezca demasiado forzado. Logra imprimir un ritmo brutal a la película con continuos micro-giros que exprimen al máximo cada escena. Para enmarcar la secuencia en el vertedero, que logra agobiar al espectador ante la posibilidad casi segura de los juguetes. Con Woody, Buzz y los demás cogidos de la mano y resignados a una muerte de la que sólo una intervención divina puede salvarles, uno no puede evitar acordarse de aquel juguete que tanto nos gustaba y preguntarse qué ha sido de él. Todo esto no sería posible sin un fantástico plantel de personajes, perfectamente definidos y que se complementen entre ellos y los nuevos están a la altura de los ya conocidos de otras entregas. Lotso es un malvado implacable pero con su lado humano, sabes por que es como es, lo comprendes e incluso puedes sentir lástima por él. Por su parte Barbie y Ken son un genial contrapunto cómico, lo suficientemente integrado en la acción y con un  gran peso en la trama principal para que no parezca impostado. A lo largo de su filmografía, la gente de Pixar ha demostrado que el humor simple y accesible no está reñido con la inteligencia y esta no es una excepción.

Quince años después de la primera entrega, Pixar cierra brillantemente la historia de los juguetes de Andy. Conocimos a Woody y Buzz en su apogeo, cuando eran el centro de la vida de un niño. Ahora los hemos visto también en su decadencia, apartados y olvidados en un baúl, pero siempre han emocionado y divertido como la primera vez. Porque, aunque supone un pequeño frenazo a la excepcional evolución que el sello de la lamparita llevaba desde Ratatouille con películas cada vez más maduras, sólo se puede decir que lo han vuelto a hacer. Los hijos de puta de Pixar lo han vuelto a hacer.



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