J.C.V.D: La redención de un repartidor de hostias

Jean Claude Van Damme es uno de los grandes referentes del cine de puñetazo en la boca. Una subespecie de actores cuya única habilidad es saber dar patadas giratorias nacida a partir de los 70 a la sombra de Bruce Lee. Chuck Norris, Steven Seagal, Dolph Lundgren o Jet Li son otros ejemplos de actores sin el más mínimo prestigio artístico, incluso por debajo de gente como Sylvester Stallone o Arnold Schwarzenegger que si no han demostrado el talento, al menos sí ambición de hacer algo más que repartir guantazos a tocho y mocho por las pantallas de medio mundo. Y entonces sucede lo impensable. Uno de ellos cambia y… te emociona.

Van Damme, que se interpreta a si mismo, retrata una estrella acabado, consciente de que está acabado, que a sus 47 años es incapaz de hacer las cabriolas que le exige su director. Un actor que por los valores  violentos  que transmiten sus películas está a punto de perder la custodia de su hija –memorable la secuencia en la que el abogado de su exmujer enumera las diferentes formas en las que ha matado a alguien en pantalla-, una hija que no quiere vivir con él porque en el colegio se ríen de las películas de su padre. J.C.V.D ironiza amargamente sobre la carrera del actor belga situándolo en plena crisis existencial y como rehén en un atraco a una oficina de correos que por error todo el mundo cree que está cometiendo él. En el exterior de la oficina, el héroe se convierte en un villano aclamado por las masas. En el interior, el héroe se convierte en un ser humano corriente y totalmente superado por las circunstancias.

En una época donde los musicales de adolescentes superan en taquilla a las grandes producciones de acción,  Van Damme representa una figura crepuscular. Sin sitio para él en el mundo, mira a cámara y llora. En un estremecedor monólogo de más de seis minutos, rodado en primer plano y sin cortes, Van Damme se desnuda, reflexiona sobre su vida, sus errores, su cine y sus sueños incumplidos… acongoja y, para el cine, se redime. Demuestra que más allá de sus hiperdesarrollados músculos hay un ser emocional que en otras circunstancias podía haber sido actor más allá de los trompazos. Lo malo, para él, es que posiblemente lo demuestre demasiado tarde.



Categorías:Críticas

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