Origen: Jugando a Lego con los sueños ¿o con la realidad?

Pocas cosas puede hacer uno a parte de quitarse el sombrero ante el señor Christopher Nolan. No demasiadas personas serían capaces de sacarle a la Warner Bros 160 millones de dólares para levantar un thriller tan complejo como Origen, huir de la estúpida moda del 3D para rodarlo en la bidimensionalidad de toda la vida y luego colocarlo en las multisalas rodeado de cintas veraniegas lobotomizadas como El Equipo A o Noche y día... y convertirlo en un blockbuster.

En realidad la complejidad de Origen no nace de una estructura laberíntica. Al contrario de lo que pueda parecer, la idea base es bien sencilla: el asalto al banco de toda la vida. Como en Ocean’s Eleven, un ladrón reputadísimo recibe un complicado encargo, este recluta a un equipo, planea el golpe y lo ejecuta saltando los diferentes obstáculos que se les presentan. La genialidad de Nolan es la manera en la que retuerce, engorda y, hasta cierto punto, pervierte esta premisa. Dominic Cobb – Un Leonardo DiCaprio que crece a cada película que hace y que se confirma como uno de los mejores actores del momento a pesar de todos los prejuicios que tenía en su contra tras Titanic– y su equipo no tienen que robar nada, sino que su misión es introducir algo. Y no es un banco, ni un casino, ni el tren del dinero, sino la mente de una persona: Se tienen que introducir en el sueño de Robert Fischer para implantarle la idea de que disuelva el imperio empresarial de su moribundo padre de manera que crea que es algo que se le ha ocurrido a él. Para ello se crea una capa de sueños: un sueño, dentro de otro sueño, dentro de otro sueño… Como a Nolan no le parecía suficiente jugar con cuatro o cinco niveles de realidad a la vez, riza el rizo haciendo que cada el tiempo avance de forma diferente en cada capa y que las cosas que ocurren en una capa superior tengan su reflejo en las inferiores. Lo que hace compleja es el brutal torrente de información que suponen sus dos horas y media de duración.

¿Y acaso cree usted que Nolan se quedó descansado después de montar una enorme estructura de muñecas rusas? En absoluto. A medida que avanza la película también nos adentramos en los ecos que quedan en la mente de Cobb de su relación con su difunta mujer Mal (Marion Cotillard), cuyo recuerdo le persigue y trata de boicotear sus misiones, a la vez que crece en el espectador una duda que Nolan planta en la primera mitad del film y crece a ritmo agigantado al final: ¿Qué es real y que es un sueño? Incluso ¿hay algo real? ¿O es todo un sueño autoinducido de Cobb? Nolan juega a despistar al espectador hasta el último fotograma, siempre ambiguo al respecto. Excepto en el caso de Cobb y Mal, no se nos dan demasiados detalles sobre los personajes, apenas dos o tres trazos y en la mayoría de los casos no tienen ni siquiera apellido, casi como si fueran reflejos de la personalidad de Cobb. Hasta el simbolismo de algunos nombres apuntan a la irrealidad, como el de Ariadne (Ellen Page) la “arquitecta” de los sueños, que guía a Cobb a través de los sueños para enfrentarse a sus traumas con la muerte de su exmujer de la misma manera que Ariadna guió a Teseo por el laberinto para enfrentarse al Minotauro. Incluso, cuando Cobb vuelve a ver a sus hijos, el plano es idéntico que el recuerdo que el guarda… pero los niños han crecido. Con todo esta cascada de estímulos consigue despistar al espectador para confundir las pistas reales de las trampas. Con el plano final de la peonza Nolan parece decir “te he estado engañando todo el rato. Ahora que sabes dónde tienes que mirar, vuelve a ver la película”.

Tras El caballero oscuro, Nolan vuelve a abordar uno de los temas que parece obsesionarle: la fragilidad de la relación entre la subjetividad de las personas y el mundo real. En Memento y El truco final Nolan pone en duda la fiabilidad de la memoria y la percepción respectivamente, creando en la mente de las personas una versión doblemente pervertida del mundo físico. En Origen directamente crea un universo que, para los personajes que lo habitan, puede ser tan real como falso. Además, Nolan, en un triple salto mortal hacia atrás, pone en entredicho no sólo la forma en la que el sujeto percibe el mundo físico sino también la manera en la que la persona plantea y ejecuta su interacción con la realidad ¿puede una persona tener una idea puramente propia o esta siempre está inducida de alguna manera por lo que nos rodea?

Lo cierto es que todas estas preguntas superan al propio Nolan que -a falta de un segundo visionado que aclare dudas- no sabe que responder, no sabe si responder o directamente no quiere responder. Esto no es algo malo en si mismo pero sí que puede descolocar a muchos de los espectadores que vayan al cine esperando ver una peli veraniega de tiros y acaben con la sensación de que han visto un “cuelgue de cojones”. Cuelgue que en realidad parece más de lo que es. Sin embargo sólo se puede aplaudir a un director que se esfuerza por abordar temas más o menos complejos y embutirlos en una cinta comercial, o quizá rebozar una película comercial con temas más o menos complejos aunque estos le superen. Ojalá todos los blockbusters fueran inteligentes como Origen, o como los Batman del propio Nolan, y no idiotas como Avatar.



Categorías:Críticas

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2 respuestas

  1. Este artículo es brutal! No sabía que tenías este blog. Ya tienes una adicta más. Gracias!

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