Alicia en el País de las Maravillas: El país de los despropósitos

La imaginería gótica de Tim Burton y el universo surrealista y el humor tétrico que Lewis Carroll desplegó en Alicia en el País de las Maravillas y en su continuación Alicia a través del espejo parecían dos trenes condenados a encontrarse. Tal vez por eso las expectativas sobre esta película eran muy altas, algo que en la mayoría de casos sólo conduce a la decepción.

Si nos pusiéramos a contar las adaptaciones cinematográficas de las aventuras de Alicia desde que Cecil Hepworth y Percy Stow dirigieran la primera en 1903 posiblemente superaríamos la veintena, así que la pregunta del millón antes del estreno era ¿qué podía aportar el tío Tim al universo de Alicia, a parte del despliegue visual propio de los tiempos de Avatar? La idea de la que parten Burton y Linda Woolverton, la guionista de todo esto, no es mala: huir de la adaptación pura y dura para crear una secuela en la que Alicia vuelve a seguir al conejo blanco unos diez años después de los primeros viajes. Secuela o pseudo-secuela, porque uno de los principales problemas de la película son las enormes inconsistencias de continuidad con los cuentos de Carroll y con la famosísima adaptación de 1951 a cargo de Disney (que también produce esta cinta). Burton usa personajes tanto de Alicia en el País de las Maravillas como de Alicia a través del espejo sin tener en cuenta que los dos cuentos transcurren en universos distintos: el absurdo país de los sinsentidos al que cae a través de la madriguera de conejo y el mundo invertido al que accede al atravesar el espejo. Esto llega a su punto más absurdo cuando junta en el papel de su esposísima Helena Bonham Carter el nombre y la apariencia de la Reina Roja con la personalidad de la Reina de Corazones cuando son dos personajes que no tienen nada que ver más allá de ser reinas. Esta mezcla no tendría porqué ser mala si fuera una adaptación más o menos libre, pero no tiene ningún sentido cuando pretendes contar la continuación de la historia. Esto, unido a que la confusión de ambos personajes es habitual entre lectores despistados, puede llevar al espectador más malpensado a deducir que aquí alguien no ha leído a Carroll con suficiente atención.

Pero los despropósitos y la violación sistemática de los cuentos originales no acaban aquí. Por poner un ejemplo claro, el Lirón, ese personaje que de dos capítulos en que salía se pasaba uno y medio durmiendo, es aquí una especie de rata guerrera hiperactiva. Ni siquiera el Sombrerero Loco está tan loco. En manos de Tim Burton y Johnny Depp, que se limita a repetir su papel de Piratas del Caribe y Charlie y la fabrica de chocolate aunque eleven su personaje de secundario a casi protagonista sólo para su lucimiento, el delirio deja paso a un punto de lucidez que lo convierte en una especie de mezcla entre Aragorn y Jack Sparrow, que incluso llega liderar una rebelión contra la sangrienta Reina Roja (¿o era la de corazones?) y luchar espada en mano contra el ejercito enemigo. Y es que esta versión de Alicia no tiene nada que ver con el viaje de aquella niña inocente y curiosa en un mundo extraño que Carroll narraba a través de encuentros episódicos. Burton desarrolla una historia épica más en la línea Crónicas de Narnia en la que Alicia es la elegida para vencer al Galimatazo, espada Vorpalina en mano y enfundada en una armadura al más puro estilo Eowyn contra el Rey Brujo en El Señor de los Anillos. Esto en medio de una gran batalla entre buenos y malos en un enorme tablero de ajedrez, elemento que pierde aquí todo el simbolismo que tiene en A través del espejo, ya que en este caso el combate podría haber transcurrido en el recibidor de mi casa y el significado no cambiaría. Los cuentos se regocijan en su propio sin sentido y se estructuran a partir de continuos juegos lingüísticos. Es evidente que eso es algo que no soporta el salto al cine, pero de ahí a reconvertir la historia de Alicia en un remix tonto y simplón al estilo Dragones y Mazmorras hay un término medio. Sale Alicia, sale el Sombrerero Loco. Sale la Reina Roja, sale la Reina Blanca. Salen la Liebre Marcera, el Conejo Blanco, Tararí y Tarará. Sale el Gato de Cheshire, por supuestísimo. Pero a pesar de las apariencias no tiene nada que ver con los cuentos de Lewis Carroll.

Por si fuera poco a la película le cuesta arrancar y nunca llega a enganchar -es más: aburre- en gran parte por las pésimas interpretaciones de Mia Wasikowska como Alicia y de Helena “Señora de Burton” Bonham Carter como la Reina Roja. Las dos se destacan en la carrera por los Razzies 2011. A esto se le suma que el estilo de Tim Burton y el 3D son dos conceptos que no casan bien. Las gafas restan mucha luz a una estética ya de por si oscura y además los constantes trávelings y movimientos de cámara habituales del director californiano pueden llegar a marear en su versión tridimensional. En todo este desaguisado hay que destacar una gran dirección artística y una excepcional banda sonora a cargo de Danny Elfman, brillante como siempre, quizá porque hace lo de siempre.

Alicia en el País de las Maravillas tenía todos los números para brillar en manos de un director con el estilo único de Burton y que ha triunfado por ir siempre a muerte con sus ideas. El problema es que si las ideas no son todo lo sólidas que deberían pueden arrastrarte al fondo del pozo, o en este caso a la, con diferencia, peor película de su filmografía. ¡Qué le corten la cabeza!



Categorías:Críticas

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