Si la cosa funciona: Cuando Larry David ejerce de Woody Allen

“Woody Allen está de capa caída, para que nos vamos a engañar”, esta frase resume lo que muchos pensábamos del autor neoyorkino. Después de haber dirigido 44 películas en 43 años y haber escrito 53 podría parecer que todo lo que podía decir Woody Allen ya lo ha dicho bastante. Conocemos sus neuras, sus gustos, su forma de ver la vida, es casi uno más de la familia, ese tío extravagante que da la nota en las cenas de Navidad. Desde el cambio de siglo, sus películas han ido perdiendo frescura, con la excepcional excepción de Match Point. Sus últimas películas, la floja El Sueño de Casandra y el zurullo de Vicky Cristina Barcelona, apuntaban a un director en atroz decadencia.

Pero un maestro es un maestro, e incluso en su ocaso se puede sacar de la manga una película tan inteligente y a la vez tan ligera como Si la cosa funciona. Boris Yellnikoff es un intelectual neoyorkino que, tras intentar suicidarse, abandona su acomodada existencia para vivir de manera más bohemia. Inteligente, trascendental, hipocondriaco y preocupado por los más complejos asuntos del cosmos, se cruza con Melodie, una cría sin exceso de luces que ha huido de su casa. La coexistencia entre ambos seres es de lo más peculiar, así como la aparición de los progenitores de la señorita.

Si la cosa funciona no deja de ser la película tipo de Woody Allen: una comedia tremendamente agria y repleta de líos y malentendidos, los personajes tienen unas personalidades muy extremas y las situaciones llegan a cotas totalmente absurdas. Gran parte de la frescura de la cinta viene de la mano del señor Larry David, quien da vida a Boris, que no es otro que el creador de Seinfeld, que se convirtió en un personaje de culto al autointerpretarse en Curb Your Enthusiasm, una serie de clara inspiración woodyallenesca. El también neoyorkino, que ya había colaborado con Allen en Días de radio y en Historias de Nueva York, realiza un papel que posiblemente Allen escribió para si mismo. Sin embargo David le da un toque de agresividad y carga de mala leche al típico personaje de Woody. También es muy destacable el papel de Evan Rachel Wood que tras demostrar sobrada capacidad para papeles dramáticos (es la hija de Mickey Rourke en El Luchador) y de buenorra petarda (también es la reina de los vampiros en True Blood), deja patente que va sobrada de registros al atreverse también con el rol de tontita cómica.

No es el mejor film de Woody, desde luego, pero tras las dudas levantadas por sus últimas películas (especialmente por la mierda de rinoceronte que fue Vicky Cristina Barcelona) siempre es un gustazo que te de una pequeña alegría como esta. Original dentro de las neuras de Allen, llena de sabiduría ligera (que no inútil), divertida y con momentos impagables, como los diálogos a cámara del señor Larry David. Woody, gracias por volver.



Categorías:Críticas

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