Inglourious Basterds: Pulp History o con nazis y a lo loco

Más de una década llevaba Tarantino trabajando en el guión de Inglourious Basterds, la que tenía que haber sido su cuarta película, después de Jackie Brown. Sin embargo, por distintas razones el proyecto se fue retrasando, primero para rodar la fenomenal bilogía de Kill Bill, y luego esa simpática estridencia que fue Grindhouse, realizada junto a Robert Rodríguez. Finalmente, en Cannes 2008 apostó que un año más tarde estrenaría en el festival francés su épica bélica. Seguramente eso explica algo que podría haber sido sorprente: que un guión en el que un tipo como Tarantino ha estado tanto tiempo trabajando de la sensación de haber sido acabado algo deprisa.

Con esto no quiero decir que la película sea mala, en absoluto, es muy buena. El principio es arrollador y el final, glorioso. La puesta en escena es soberbia y la fotografía es sensacional. Brad Pitt borda al Teniente Aldo Raine –nombre que Tarantino recicla de su inacabada opera prima El cumpleaños de mi mejor amigo-, un personaje que seguro se convierte en un referente del universo tarantinesco. Christoph Waltz da vida a uno de los villanos más amenazadores de la última década y Mélanie Laurent, en el papel de una joven fugitiva judía, se erige como la gran revelación del año. No hace falta decir nada del habitual despliegue musical del que hace gala Tarantino en cada película, con numerosas piezas compuestas por el gran Ennio Morricone. El de Knoxville demuestra que es uno de los directores con más talento y estilo del momento.

Sin embargo el guión no está bien cerrado. Lo primero que llama la atención es que una película que se llama Inglourious Basterds no arranque desde el primer minuto con la historia de esta unidad de elite destinada a asesinar nazis de la forma más cruel posible, de la misma manera que también se hace extraño que la película se olvide de los bastardos durante casi veinte minutos de metraje. Es cierto que la película es muy coral, pero lo cierto es que al final gran parte del protagonismo recae sobre el personaje de Mélanie Laurent -actriz que tiene todos los números para convertirse en el gran descubrimiento de Hollywood de los próximos años- en detrimento del grupo que da título a la película.

Pero esto no deja de ser una tontería, y los fallos más graves vienen por otro lado. La película empieza como un huracán, con la presentación del coronel de las SS Hans Landa (Christoph Waltz), la versión nazi de Hercule Poirot, y de Shosanna Dreyfus (Mélanie Laurent). A continuación conocemos a los Bastardos a través de un soberbio monólogo de Brad Pitt en una secuencia que homenajea a Los doce del patíbulo. Pitt se confirma como un gran cómico después de Snatch y Quemar después de leer. El final de la película es igualmente espléndido. Sin embargo, a lo largo de todo el nudo de la película la historia navega. Le falta ritmo y la historia avanza a trompicones. Tarantino salva la situación gracias a que sus diálogos son como la mano del mago que despista al público mientras lleva a cabo su truco. Sin embargo, el bajón es notable.

Además, también se nota en exceso los cambios que ha habido en el guión en sus últimas versiones y el poco tiempo que se ha tenido para depurarlos. Algunos de los personajes cuentan con unas presentaciones exageradamente extensas, que incluyen incluso algún flashback, para su peso en la trama ya que en algún caso incluso mueren a la primera de cambio. También hay personajes, como el de B.J. Novak (conocido por ser Ryan el The Office), que aparecen en las primeras secuencias, desaparecen durante la parte central del film para reaparecer, como una seta, para la traca final.

Por otro lado, no estaría mal que Tarantino se tomara una tila antes de abordar su próximo proyecto. La versión más loca y desatada de Tarantino toco techo en Kill Bill, por original y por lo bien cerrado que estaba el guión. Deathproof era una gamberrada sólida, bien realizada y con algún momento glorioso. Inglorious Basterds es una locura imperfecta pero que satisfará al espectador gracias a su principio y al gran final. Sin embargo, después de estas tres películas (contaremos Kill Bill como una sola, ya que era la intención original del director) da la sensación de que la vía del despatarre tarantiniano no da más de sí. Si quiere seguir creciendo como el enorme director que es le toca reinventarse o volver a sus orígenes: unas películas tan personales como esta trilogía del “desvarío y la venganza” pero mucho más relajadas, en las que no da la impresión que el que más disfruta la película es el propio Tarantino.

Con todo, Inglourious Basterds es que dejará con un gran sabor de boca gracias a la gracia con la que Tarantino reescribe la historia, su –y no me cansaré de repetirlo- extraordinario final y los sensacionales papeles de Brad Pitt, Christoph Waltz y Mélanie Laurent. Y sobre todo al estilazo del amigo Quentin, porque este tío supura cine por todos los orificios de su cuerpo y eso se nota en la pantalla. Sólo hay que esperar que no se encasille en sus propios delirios.



Categorías:Críticas

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