Dragonball Evolution: Cuando la mierda es gigante no es mierda sino arte

Hay películas que uno se da cuenta que son una obra de arte en la primera escena. Poco después de que la voz de Bonasera de comienzo a El Padrino el espectador ya sabe que se encuentra ante una de las obras cumbres del cine. Otras películas, por el contrario, pueden no convencerte en un primer visionado, pero conforme pasa el tiempo y vas pensando, acabas por darte cuenta de que son grandes filmes, como puede ser el caso de No es país para viejos. Y luego hay otras películas que son tan sumamente malas, tan lamentables, tan catastróficas que se hacen peregrinamente maravillosas. Este es el caso de Dragonball Evolution. El mejor calificativo que se me ocurre para ella es fascinante porquería.

En el año 2002 la Fox se hizo con los derechos para llevar a cabo una adaptación americana de la popular obra de Akira Toriyama, un mito de la infancia para muchos de nosotros. Cuando la película se anunció todos los seres humanos con un mínimo sentido común supimos que aquello apuntaba a bodrio y de los grandes. Cada vez que salía alguna información nueva sobre el proyecto las sospechas iban en aumento. Cuando salieron a la luz las primeras imágenes muchos descubrimos que éramos optimistas, demasiado optimistas: la película no sólo tenía mala pinta, sino que a pesar de los 45 millones que se invirtieron en ella, tenía el aspecto de una película de serie-B, como evidenció el trailer. Visto lo que se venía encima, quedaba la duda de si la versión americana sería mejor o peor que Dragon Ball: The magic begins, otra calamitosa adaptación rodada por un estudio chino en 1989. Lo cierto es que siendo también sublimemente lamentable, y a pesar de no contar con los derechos (sólo Goku tenía el mismo nombre que de la serie, los demás personajes tenían “un alias”), la versión china es mucho más fiel que la americana. Esta película se puede ver íntegramente en YouTube y es de visión obligada para los muchos amantes de el cine roña y para cualquier estudiante de antropología.

Un breve prólogo nos explica como hace casi dos mil años un malvado extraterrestre llamado Piccolo (el nombre en castellano es horrible, lo sé) casi extermina a la humanidad, y como sólo una unión de varios sabios consiguió encerrarlo en las entrañas de la tierra. En cuanto acaba la introducción, el asunto empieza a descarrilar desde el primer fotograma. Un plano detalle de unas gotas de sudor cayendo a cámara lentísima por la cara de Goku en un plano pretendidamente artístico, pero que lo que consigue es… bueno, en mi caso que me descojonara, pero el de la fila de atrás se atragantó con las palomitas . Si el cine se rigiera estrictamente por términos de talento la carrera como actor de Justin Chatwin, encargado de dar vida a Son Goku, se hubiera acabado con los videos que sus padres grabaron cuando estaba en la cuna, pero como no es así tenemos que soportarle toda la película con cara de pan y recitando sus diálogos como si leyera el valor nutricional de los Frosties de Kellog’s, cambiando ocasionalmente de expresión para poner cara de rabioso, aunque realmente parezca estreñido. Los primeros 20 minutos son realmente desconcertantes. Goku es un adolescente que vive con su abuelo, quien le entrena en las artes marciales. Hasta aquí más o menos bien, pero entonces todo empieza a cobrar un rocambolesco aire a Sensación de vivir. Y muchos pensareis “¿cómo puede conseguirse eso? ¿qué puntos en común tienen Goku y los niños pijos de L.A.?”. En principio, ninguno, pero aquí es donde irrumpe la genialidad de los responsables de esta película: Resulta que en Dragonball Evolution Goku va al instituto… ¿Qué? ¿cómo? ¿perdón? Pues ahí no acaba la cosa porque además… ¡le hacen bulling! Sí, habéis leído bien y los champiñones de mi cena no estaban caducados: a Goku le hacen bulling. Pero como le ha prometido a su abuelo que no pelearía con nadie, pues tiene que soportar constantes humillaciones. Además está enamorado de Chichi, a la que los malvados matones no le dejan acercarse. Es muy destacable el sutil estilazo con el que se nos explica que Goku está enamorado de ella: en clase, se queda embobado mirándola y el fondo se convierte, por fundido, en un prado verde bajo un azul cielo donde los pajaritos cantan y las mariposas revolotean. Tras sobrevivir a un feroz ataque de risa, lo único que puede hacer es sentir lástima por la terrible infancia que tuvo que tener James Wong, director y responsable de todo este despropósito (en teoría, siempre podemos estar ante un productor loco).

Mientras tanto, Piccolo, que de alguna manera que nunca se explica ha conseguido liberarse de su prisión, busca las Bolas de Dragón que le permitirán dominar el mundo. Cuenta con la ayuda de un secuaz que no aparece en la serie, pero tiene tetas y culo, por lo que seguro que lo han introducido por motivos artísticos. En su camino asesina al abuelo de Goku, por lo que promete vengarse. Poco después el pelo-pincho guerrero se encuentra con Bulma, una científica a la que algún genio del cine le ha puesto también dos pistolas y dos mechas turquesas que nos dicen “eh tronco, que nos acordamos de la serie original, no hemos convertido el personaje en Lara Croft ¡tiene dos mechones del color de su pelo en la serie!”. Juntos, se lanzan en búsqueda de las Bolas y del Maestro Mutenroi (Fullet Tortuga para los catalanes). Y aquí nos encontramos con el segundo cutre-guiño a la serie: La casa de Mutenroi está en medio de una gran ciudad… ¡en un islote en un río! ¡pero si son unos jodidos genios! Yun-Fat Chow, en el papel del viejo y salido maestro, es el único actor, y seguramente el único participante en la película, que no se hunde en los abismos del patetismo. Cumple bien su rol y da la sensación, a parte de que está más drogado que el que tuvo la idea de hacer todo esto, de que es el único consciente de que lo que se está rodando es una mierda de campeonato, aunque no llega a transmitir ni por un momento ni un cuarto del encanto que tiene este viejo verde en la serie. Poco después Yamcha se une al grupo, pero poco se puede decir de él porque es casi como si no saliera, a pesar de que está con ellos más o menos la mitad de la película. Después de ir toda la película vestido como si fuera el protagonista de una sticom estúpida de adolescentes estúpidos, Goku se pone su traje rojo y se enfrenta a Piccolo en una pelea en la que apenas se entiende algo gracias a una lamentable y pérfida planificación de planos. El héroe vence y salva al mundo.

Todo en Dragonball Evolution obedece a la ley del exquisito disparate, empezando por el propio concepto. Lo que funciona en animación no tiene porqué funcionar en imagen real, y era evidente que muchas de las características que definían a la serie original se iban a tomar bien el traspaso. Sólo hay que imaginar con personas reales las peleas de la serie: personajes flotando y atravesando montañas cada vez que el otro le da una patada. No funciona ¿verdad? Pues a eso hay que sumarle que muchas peleas, especialmente la última, están mal rodadas por lo que no acabas de entender qué ocurre, un abuso de la cámara lenta y que todo cuanto puede enseñarte la película lo has visto más grande, más rápido y mejor en Matrix. Además al acercar el imaginario de Toriyama a la vida real se pierde todo el halo mágico, infantil y de entusiasmo continuo que envolvía a la serie original. No tenemos animales antropomorfos, ni dinosaurios caminando por el desierto, ni la tortuga parlante de Mutenroi, ni Puar, esa especie de koala volador que acompañaba a Yamcha y que se podía transformar en cualquier cosa. Además, Goku tampoco es ese personaje bonachón y cazurro que ni siquiera sabía la diferencia entre un chico y una chica. Aquí su objetivo es, desde la primera escena, reproducirse con la hembra llamada Chichi. Por otro lado, a pesar de contar con un presupuesto más que decente, ni la dirección artística ni los efectos especiales convencen lo más mínimo. Pero lo que realmente es para ponerle un monumento en Truñovilla es el guión. La única explicación que le encuentro a esta maravillosa bazofia es que el guionista no lo escribió, lo excretó. Es decir, le dieron el encargo y sin pararse a pensar lo que tenía que hacer, se sentó y ale, lo que salga. Sólo así se puede explicar tal amalgama de clichés, frases tontas, chistes estúpidos, bromas fáciles (Yamcha se quema la entrepierna con los vapores de un volcán… ¡dos veces!) y esos diálogos vacíos y a veces inconexos de unos personajes absolutamente planos, sosos, desprovistos de todo el carisma de la serie y sin el más mínimo matiz. Bueno, vale Mutenroi es un salido, eso es un matiz, pero ni siquiera es tan salido como en la serie.

Sin embargo, Dragonball Evolution tiene una gran cualidad. Joan Marimón, uno de los mejores profesores con los que me he cruzado, nos dijo una vez en clase: “si tu película es una mierda, por respeto al espectador, por lo menos ten la decencia de que sea corta”. Pues bien, está claro que había alguien que tenía claro que lo que estaba haciendo era una titánica porquería porque la película dura sólo 84 minutos, créditos incluidos. Esta corta duración, además de evitar derrames cerebrales en las salas, da a la película un ritmo endiablado en el que todo el rato están pasando cosas, cierto que todo son tonterías, pero menos da una piedra. Mi teoría es que al menos 35 de los 45 millones de presupuesto se fueron en convencer al montador para que dejara de esconderse en las cuevas de Afganistán y aceptara el épico trabajo de dar algo de sentido al material que le llegaba del rodaje. No le quiero quitar mérito, pero es cierto que las tijeras se notan demasiado y a veces tienes la sensación de que los personajes están hablando de algo que no ha pasado, o crees que te has perdido algo porque un alguien que antes estaba allí ahora está aquí.

En resumen, Dragonball Evolution es una obra de culto en potencia. De aquí a unos años estará en todas las videotecas especializadas en cine vomitivo, junto con las obras completas de Ed Wood, junto a la filmografía de Uwe Boll, junto a la saga Alien Vs Predator o junto a Troll (cuyo protagonista se llama Harry Potter, por cierto, y la película es del 1986). Y es que cuando la mierda es gigante no es mierda sino arte.

Y a estas alturas muchos os preguntareis ¿y Krilín? Pues eso mismo digo yo ¿y Krilín? Krilín in memoriam.

Anuncios


Categorías:Críticas, Cuando la mierda es gigante no es mierda sino arte

Etiquetas:, , ,

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: